Ciudad de México enfrentó la epidemia de cólera de 1833 adaptando su vida diaria

La epidemia de cólera en 1833 trajo consigo cambios significativos en la vida cotidiana de la Ciudad de México, forzando a la sociedad a adoptar nuevas prácticas de higiene y salud para contener la enfermedad y mitigar su impacto. A…

La epidemia de cólera en 1833 trajo consigo cambios significativos en la vida cotidiana de la Ciudad de México, forzando a la sociedad a adoptar nuevas prácticas de higiene y salud para contener la enfermedad y mitigar su impacto.

A inicios de abril de 1833, Antonio López de Santa Anna asumió la presidencia de México, acompañado por el vicepresidente Valentín Gómez Farías. Mientras tanto, la prensa capitalina reportaba la llegada del cólera a Tampico, anticipando un año de enfermedad y muerte similar al vivido en Cuba y Estados Unidos. El Congreso General, que debatía asuntos de justicia y hacienda, empezó a considerar la amenaza sanitaria, reconociendo la imposibilidad de frenar la llegada del cólera, pero buscando formas de controlar su propagación.

Los periódicos comenzaron a divulgar información sobre tratamientos provisionales para el cólera. La Antorcha, por ejemplo, recomendó una infusión de manzanilla con alcanfor, exudación y el uso de sanguijuelas para pacientes jóvenes, junto con otros medicamentos disponibles en boticas. Estas recomendaciones rechazaban métodos antiguos como la quema de brea o cloruro, prácticas comunes en la medicina española.

La epidemia cuestionó las prácticas sociales y la higiene pública, señalando la insalubridad en calles, mercados y el consumo de alcohol como factores de riesgo. El ayuntamiento emitió bandos prohibiendo la venta de bebidas alcohólicas y regulando la venta de carne, especialmente de cerdo, en áreas específicas de la ciudad. Frutas y verduras también fueron restringidas, y se recomendaron cambios en la dieta para evitar alimentos que pudieran causar indigestión y, por ende, cólera. Las fondas y figones suspendieron la preparación de guisados condimentados como los chiles rellenos.

Comisionados y policías vigilaban el cumplimiento de las nuevas normas. Médicos se identificaban con pañuelos amarillos y los sacerdotes con una “E” blanca en sus casas. Banderas blancas en puertas o balcones señalaban la presencia de enfermos de cólera.

La epidemia evidenció la desigualdad social, afectando gravemente a las clases bajas, que vivían en áreas insalubres sin acceso a servicios de limpieza. La clase alta, con mejor acceso a estos servicios, también temía la enfermedad, aunque se atribuía más a la sugestión y el miedo. Estos sectores solicitaban mantener abiertos espacios de recreación para mitigar la ansiedad causada por la epidemia.

La llegada del cólera forzó a la Ciudad de México a implementar nuevas prácticas de higiene y salud pública, transformando la vida cotidiana de sus habitantes y resaltando las desigualdades sociales en la lucha contra la enfermedad.

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