Yo estuve ahí. La gente empezó a llegar en cantidades cada vez mayores y nadie controlaba el acceso. Por cada persona que salía, entraban decenas más. Había policías, pero su atención estaba puesta en mantener el orden general y no en regular el flujo de personas. El ruido de los festejos era tan intenso que impedía percibir lo que ocurría unos metros más adelante.
Quién iba a imaginar que casi un millón 400 mil personas saldrían a las calles de la Ciudad de México para celebrar el triunfo de la Selección Mexicana y su pase a los octavos de final del Mundial. Tan solo en el Zócalo se concentraron 484 mil personas; otras 820 mil llenaron Paseo de la Reforma, Avenida Juárez y el Monumento a la Revolución, mientras 95 mil permanecieron en el estadio y sus alrededores. En ese momento, yo no conocía ninguna de esas cifras. Solo veía que seguía llegando gente.
Poco a poco, la multitud comenzó a comprimirse. Cada vez había menos espacio para moverse, hasta que llegó un momento en el que ya no era posible respirar con normalidad. El calor era sofocante y la masa de personas empezó a moverse como una sola, empujándonos de un lado a otro, hacia adelante y hacia atrás. Ya no podías decidir hacia dónde avanzar; únicamente seguías la fuerza de la multitud.
Ahí estaban los policías, nomás mirando. Hacían lo que podían. Eran parte de un operativo integrado por más de 15 mil elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y más de 35 mil servidores públicos desplegados por el Gobierno capitalino para atender la celebración. La estrategia buscaba distribuir a la gente en distintos puntos de la ciudad y evitar que toda la concentración llegara al Ángel de la Independencia. En el corredor donde yo estaba, esa intención ya había sido rebasada por la cantidad de personas.
Desde la salida seguían entrando más personas y esa presión empujaba todavía más a quienes estábamos atrapados. Llegó un momento en que ni siquiera era posible gritar. La falta de oxígeno y la presión sobre el cuerpo hacían difícil mantenerse consciente.
Entonces comenzaron los gritos de auxilio. Escuché a personas pedir ayuda porque llevaban niños; otras gritaban que había mujeres y menores atrapados. También pedían apoyo a los policías que estaban detrás de las vallas, pero el sonido de la celebración ahogaba los gritos y daba la impresión de que nadie alcanzaba a comprender la gravedad de lo que estaba pasando.
Las vallas metálicas y los muros formaban un corredor cerrado. Ya no se sentía el piso: caminábamos sobre los pies y las piernas de quienes estaban alrededor. También había botellas, bolsas y otros objetos que hacían tropezar a la gente. Después empecé a sentir que pisábamos cuerpos de personas que ya habían caído.
La Secretaría de Salud confirmó después lo que, en ese momento, pensé que era un alucín provocado por la falta de aire: tres personas murieron por asfixia: una joven de 19 años, una mujer de 48 y un hombre de 44 años. Cuando yo estaba atrapado entre la multitud, todavía no sabía que esa presión ya estaba cobrando vidas.
En ese momento pensé que yo también podía perder el conocimiento. Traté de mantener la vista fija en la salida y concentrarme únicamente en avanzar. Salí muy lentamente, golpeado, agotado y casi inconsciente.
Me senté unos minutos sobre un muro para recuperar el aire. Cuando pude levantarme, me alejé del lugar lo más rápido posible.
Lo que más me impactó fue que, mientras quienes lograban salir lo hacían llorando, gritando o en estado de shock, muchas personas que permanecían afuera seguían intentando entrar porque no sabían lo que estaba ocurriendo dentro. Vi gente abrazándose, otra insultando por la desesperación y muchas personas haciendo llamadas por teléfono.
Permanecí alrededor de 10 minutos —que parecieron dos años— atrapado bajo la presión de la multitud y logré salir poco antes de que la situación se volviera todavía más grave.
Con el paso de las horas, el saldo aumentó a cuatro personas fallecidas. A las tres víctimas por asfixia se sumó un hombre que había sido trasladado a un hospital tras presentar una crisis convulsiva y sangrado de tubo digestivo. Inicialmente permaneció como no identificado. Horas después, el Puesto de Mando del Sector Salud de la Ciudad de México informó que ya había sido identificado y que sus familiares fueron localizados. El Gobierno capitalino expresó sus condolencias y ofreció apoyo a la familia.
Ojalá más personas compartan lo que vivieron. Solo reuniendo esos testimonios podremos entender con precisión cómo se desarrollaron esos minutos.