El 25 de junio de 1530, por cédula real de Carlos V, se declaró a México-Tenochtitlán como la capital del Reino de la Nueva España. Este acto formalizó la ocupación española en el corazón de Mesoamérica y consolidó el control político sobre la antigua capital mexica, arrasada apenas nueve años antes por las fuerzas de Hernán Cortés. La decisión no fue simbólica: implicó convertir a la ciudad en sede de gobierno, residencia del representante del rey, base de la Real Audiencia y punto de partida de una nueva organización territorial que perduraría por casi tres siglos.
Aunque el virreinato se instituyó formalmente hasta 1535, con Antonio de Mendoza como primer virrey, desde 1530 México ya funcionaba como centro neurálgico del nuevo orden colonial. La ciudad, reconstruida sobre sus propias ruinas y rediseñada bajo traza española, albergó las principales instituciones administrativas, eclesiásticas y judiciales del reino. Desde ahí se definieron rutas comerciales, tributos, doctrinas religiosas y políticas de castas que modelaron todo el virreinato y cuya huella aún puede rastrearse en el urbanismo y en la cultura política contemporánea.
La cédula de 1530 marcó el inicio de una transformación radical: de un espacio sagrado mesoamericano a una capital imperial católica. Con la Plaza Mayor como núcleo de poder, y el Palacio del Marqués del Valle (futuro Palacio Nacional) como símbolo de la nueva autoridad, la ciudad se convirtió en eje del dominio español en América continental. Más allá del acto legal, aquella fecha instauró un nuevo centro de gravedad para el mundo novohispano.